viernes, 17 de septiembre de 2010

Un clásico que se reinventa


Londres es, sin lugar a dudas, una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, y una digna candidata a capital de Europa. (Que lo sea o no, depende de la subjetividad de cada uno, ya que posee muy buenas rivales, todo sea dicho)

El ritmo de esta capital es frenético, tan solo has de ir un día cualquiera a las enormes explanadas de Hyde Park y echar un vistazo al cielo. Posiblemente llegues a ver tres aviones simultáneamente. De hecho, no hay momento en que no surque los cielos al menos uno de estos aparatos. Y, puesto que esta ciudad sabe como rejuvenecer, no ocurre lo que en tantos otros lugares, la creación de guetos o barrios marginados. En Londres, cada zona brilla con luz propia.



El famoso metro, underground, o como les gusta a los británicos ''The Tube'' es otra forma de comprender el incesante ajetreo al que está sometida la otrora Londinium. Eficaz como él solo, con un túnel para cada sentido del trayecto en casi todas sus líneas, por lo que la posibilidad de equivocarnos es mínima, se encuentra atestado a cada momento. Creed lo de la eficacia a pies juntillas; si no podéis llegar a tiempo, no será por falta de indicaciones o retrasos, en cualquier caso, los vagones irán demasiado llenos -no al nivel del metro tokiota-. Y no es como los sórdidos subterráneos que son escenario de crímenes, o los insanos metros de lugares en vías de desarrollo. No señor.

El Tube de Londres tiene carácter propio. Las estaciones son muy distintas entre sí; desde la gigantesca King's Cross, a la bulliciosa Picadilly, pasando por el metro al aire libre del extrarradio o a los personalizados -cómo olvidar los azulejos con la silueta de Sherlock Holmes en Baker Street-. Por otra parte, el carácter se ve reafirmado cuando bajas la escalera mecánica de Leicester Square, y de repente, otro tipo de escalera hace acto de presencia. La 'Stairway to Heaven' de Led Zeppelin interpretada a la perfección por un guitarrista. Y es que en el Reino Unido piensan tanto en la eficacia, que por las estaciones más importantes se encuentran diseminados unos puntos específicos para todo aquel que quiera ganarse su vida aderezando la subterránea, o simplemente, quiera dar a relucir sus dotes como futuro Mozart.

Y cuando salimos de este particular infierno dulce, posiblemente estemos justo donde queríamos. Tal es la preocupación por el turismo, que las principales atracciones bien se encuentran justo a la salida, o hay un pasadizo que te acerca. Sirvan como ejemplo la colosal mole neogótica del Big Ben justo al salir de Westminster Station, o el animado corredor subterráneo que nos conduce al jardín del Natural History Museum, evitando que nos perdamos por el exterior.

Hablando de atracciones, Londres tiene, y muchas. Y, para qué engañarnos, si bien algunas de las mejores son gratuitas, otras son escandalosamente caras. La mayoría se encuentra en la denominada ''zona 1'' siguiendo las áreas de metro, que van de menor a mayor según se alejan del centro.


La oferta cultural es innegable, y tenemos desde la Tate Modern, que ofrece singularidades artísticas en lo que otrora era una fábrica, a la inmensa colección del British Museum, de la cuál se puede disfrutar hasta quedar saturado de grandiosidad, -si tu natural odio hacia el expolio que sufrieron las cultura antiguas de mano de los ingleses te lo permite, claro está-. Aún mayor, probablemente, es la colección del Natural History Museum, con ese imponente diplodocus haciendo guardia, y miles de fósiles asombrosos, desde el extinto moa, ave gigante no voladora, a un pez celacanto que conserva sus tejidos tras nada menos que 80 millones de años. Sin olvidar la inmensa representación a escala 1:1 de la ballena azul.

Algo distinto a lo citado, es el Madamme Tussaud's, que si bien entretiene una mañana entera de lo enorme que es, y denota una enorme calidad en las figuras de cera, es bastante caro y está tan abarrotado de gente que la sala principal parece una discoteca, más que un museo. Mas de un susto puedes llevarte al comprobar que lo que creías estatua, es en realidad una persona que quedó petrificada por momentos, abrumada por la congestión.


Si ahora nos dedicamos a explorar el corazón de la ciudad, nos encontraremos con los preciosos edificios del parlamento, y con un río Támesis que sin duda, aporta frescura y estilo a la capital británica. Tan solo estando en el comienzo del London Bridge se aprecia la garra de una gran capital, con la colosal London Eye en su lentísimo ciclo, el embarkment, y los modernos edificios de la City asomándose tímidamente desde el horizonte.
De la dichosa noria, decir que se encuentra entre esas atracciones caras -un viaje sin descuento puede rondar las 23 libras- y que la cola, ''queue'' como nos enseñaron en la escuela, o ''line'' como dicen los londinenses, es insufrible. Eso sí, una vez arriba, las vistas quitan el aliento.

Podemos continuar nuestro periplo desde Houses of Parlament, a su aledaña Westminster Abbey, de imponente fachada vertical. Siguiendo el río hacia el norte, y adentrándonos de nuevo en la ciudad, llegamos a la siempre concurrida Trafalgar Square. Es el almirante Nelson, desde una considerable altura, quien vela por la genial colección de la National Gallery. Si consigues subirte a uno de los resbaladizos leones que flanquean la columna central del monumento, te sentirás como un niño y como alguien importante a la vez.


Y ahora sí llegamos al epicentro de la vida londinense, a la hipófisis de este particular torrente de sensaciones. Una delicada estatuilla, bocas de metro a cada paso y un aglomerado de pantallas luminosas, todo ello aderezado con el rumor de cientos de personas. Estamos en Picadilly Circus.

No os miento si os digo que es en Picadilly y en Oxford Street, donde las cotas de consumismo y diversión se disparan. Consumismo, por ejemplo en Lillywhites, seis pisos (al menos) donde encontrarás todo lo que se te imagine relacionado con los deportes. Diversión, por ejemplo, en Trocadero, un centro comercial vibrante, que rebosa de actividad. Varios pisos adornados con el mayor arcade que puedas imaginar -incluye varias mesas de billar en línea, cientos de máquinas e incluso una pista de coches choques-, tiendas de bisutería, manga-anime, restaurantes, y una marabunta de personas de nacionalidad no inglesa. Aunque esto es típico de Londres, en lugares como este se acentúa.

Si continuamos por el centro, tarde o temprano llegaremos al SOHO, que cuenta con varias calles de lo más animadas. Lo homosexual, lo moderno, lo nocturno, la diversión, se dan de la mano en este compendio de pubs y sex-shops, que es mejor recorrer por uno mismo para que cada cual se lleve su propia impresión, puesto que es quizás menos definido que otros lugares. Junto a él, no podemos olvidar Chinatown, con esos almacenes donde venden todo lo imaginable, y escaparates con tartas dignas de haber sido diseñadas por Ferrán Adriá de la mano de Santiago Calatrava o Norman Foster. Su aspecto es tal, que dan ganas de alunizar con un Aston Martin y zampárselas en el acto.


Más hacia el norte, donde los edificios no oprimen tanto, accedemos a un rincón que hará las delicias de niños y mayores. Un lugar exento de prejuicios y donde puedes dejar volar tu imaginación. Llegamos a la archifamosa Camden Town. Para muchos, la mejor experiencia de la ciudad.

A primera vista el visitante cree encontrarse ante un gran mercadillo, pero gradualmente -y esto es lo mejor, que la sorpresa se da poco a poco- descubre que Camden es mucho, muchísimo más. En su calle principal puedes encontrar un ejemplo de cada tribu urbana en menos de cincuenta metros. Tiendas de aspecto genial, con fachadas decoradadas, y ante todo ropa, mucha ropa.

Pero si continúas, pronto aparece el canal de Camden, con cuyo lento flujo de agua y el mecer de las hojas de sauces llorones, apacigua este vibrante lugar. Más allá se encuentra lo que yo denomino, la plaza de las exquisiteces gastronómicas. Y es que Camden es el súmmum de la comida económica -y cosmopolita- en una ciudad donde la sensación de poseer un agujero negro en la cartera es constante. Platos de todos los rincones del mundo, contundentes y a precio de saldo, aparecen ante tus sentidos. No sólo el visual, sino el olfativo e incluso aparecen ante el paladar, a modo de aperitivos que se te ofrecen para decidirte por un puesto en concreto. Thai, vietnamita, hindú, turco, marroquí, polaco...todo lo que imagines. Y de postre, ¿por qué no deleitarse con una brocheta de frutas, cubiertas de chocolate belga fundido y espolvoreada con esponjitas dulces y trozos de avellana? Servida en hoja de platanera, faltaría más.


Por último, no podemos dejar pasar el nostálgico Stables Market, con los caballos como elemento constante de decoración y una ingente cantidad de miscelánea 'vintage' para los amantes del pasado, desde mapas de la antigüedad, a pósters, ropa, máquinas de escribir, instrumentos musicales, etc. Y el colofón, para la que quizás sea la tienda más genuína de cuantas he visto. Cyberdog, al final del recorrido por Camden. Una entrada custodiada por robots gigantes da lugar al neón, a la fluorescencia, a camisetas con pantalla LED, a peluches de enfermedades, a artículos dedicados a la práctica de sexo un tanto alternativo. El paraiso freak por escelencia.

Con todos estos alicientes, dan ganas de quedarse a vivir, pero aún nos queda Londres por recorrer.

Es hacia el Este, en busca de los Docklands, donde surge lo que da lugar al título de este artículo. Tradición y modernidad, van de la mano en la City londinense. El St. Mary's Axe, ese archifamoso rascacielos con forma ahuevada y de concepto futurista, custodia otros tantos colosos acristalados, a uno y otro lado del río, como es el caso del nuevo City Hall, que parece una esfera deformada por el fuerte viento. Y todos estos edificios, rinden completa devoción a sus ancestros, dos de ellos, se cuentan posiblemente, entre las construcciones más bellas del mundo.


Hablamos de la ''Tower of London'' y del ''Tower Bridge''. La fortaleza medieval, causa un bellísimo impacto, con sus preciosas torres, sus sólidos muros y su cuidada explanada. Por otro lado, qué decir del puente. Si hay algo de la ciudad que supera las espectativas que tenías antes de visitarla, es el Tower Bridge. Majestuoso, ligeramente gótico, colorido, único en sus formas, totalmente acorde con las orillas que une, con el río que protege. Pasear bajo sus dos torres es una experiencia inolvidable.Tanto como contemplar la ciudad desde la cúpula de St. Paul's Cathedral, la colosal y clásica. Tan alta es, que cuesta atisbar siquiera la enorme cúpula desde abajo, desde según qué ángulo.

Pero no todo en la zona de la City es positivo; el ritmo de vida es demasiado frenético, es zona de negocios. No esperes contemplaciones si has de pedir información, estarán demasiado ocupados para ofrecértela. Y no esperes saciar tu apetito sin vaciar la cartera. Posiblemente debas empeñarla para poder costearte la cena.


Yendo aún más hacia el Este, aparece el complejo de negocios de Canary Wharf, que si bien no posee la elegancia ciertamente opresiva de la City, sí que tiene un toque espacioso, joven y americano. Los canales y parques de verde puro que rodean los rascacielos, la plaza del One Canada, edificio más alto de Gran Bretaña, y la fabulosa salida de la estación de metro, contribuyen a grabar en la retina una imagen impecable. El atardecer, en ese singular lugar, debe ser espléndido. A esa hora, miles de empresarios atestan los pubs para cenar.

Si, por último, nos alejamos hacia el sur, cruzando el Thames, aparece ante nosotros un bellísimo suburbio que guarda una grata sorpresa. Greenwich. Con aspecto de pueblecito pesquero, cuesta creer que se encuentra inmerso en una urbe de ocho millones de habitantes, cuesta hasta que al otro lado del río ves la mastodóntica figura del One Canada y piensas que 15 minutos de metro te separan del bullicio. Allí reside, en Greenwich, el Cutty Shark, posiblemente el velero más famoso del mundo, que no tuve suerte de ver puesto que se encontraba en restauración. Pero hay más alicientes, como la colina del observatorio, donde se encuentra la famosa línea meridiano, que divide el mundo en dos.

Y más importante, desde allí las vistas de la ciudad son, no ya bellas, sino épicas. Creedme que pasar un atardecer contemplando la ciudad en todo su esplendor desde ese recodo de paz y sosiego, es algo que difícilmente se olvida.



Ahora es más fácil comprender que Londres, a pesar de ser una gigantesca metrópolis, es una ciudad madura, y esto ayuda a que coexistan lo antiguo y lo moderno sin estrépitos, sin ser forzado, y a que en todo lugar haya cerca un parque donde relajarse y huír del estrés. Es debido a que Londres ha crecido sin prisas, y así, no hay ningún barrio marginado, ningun lugar sin sus debidos servicios básicos. Prueba de ello es que tenemos parques geniales, como el ya citado Hyde Park, con su lago Serpentine, y kilómetros cuadrados para hacer el ganso -o darles de comer a ellos-. También tenemos el Green Park, con sus famosas tumbonas, y su romántico y otoñal paseo flanqueado por robustos árboles de hoja caduca.

Y cómo olvidar el St. James Park, el parque de palacio, de un aburrido y sórdido palacio de Buckingham que habrá a quien le merezca la pena, pero a mí me resulta demasiado gris y monótono. Este parque es, en esencia, la viva imagen de esa idea que todos tenemos de un parque. Un precioso lago con puentes de madera, una islita con pelícanos, sauces nutriéndolo con sus llantos en la ribera, jardines inmaculados, y fauna variada. Ocas, gansos, patos, cisnes, ardillas, cuervos, etc.


Como broche final a nuestro recorrido por Londres, hay que citar Regent's Park. Situado cerca de Camden Town, junto al parque zoológico, reune las condiciones para ser el parque ideal. Posee una explanada que alcanza hasta el horizonte, donde docenas de grupos de deportistas, desde profesionales a amateurs, se dedican a llevar a cabo una vida sana. Es una imagen que merece la pena conservar. Es lo más cercano a un mundo ideal que puedes atisbar.

Asimismo, hay otra parte dedicada al descanso puro y duro, con un césped de un verde que duele a la vista y apetece sin dudarlo, y otra de jardín escénico, con colecciones de flora que logran paisajes asombrosos. Desde cascadas pedregosas donde se respira la más pura humedad y el perfume de las rosas, cientos de rosas de mil colores que atestan los Queen Mary's Gardens.


Tras esta lectura, cuesta pensar en Londres como esa ciudad de gente estirada, gris a más no poder. Cuesta pensar en el humor ácido, en lo conservador.

Londres, hoy por hoy, es tan cosmopolita, e incluye una oferta tan amplia de 'todo', que me atrevo a decir que es una ciudad de plastilina.

Es una ciudad que se moldea, a tu gusto, hasta que sin lugar a dudas puedes gritar ¡Estoy satisfecho!
. . .

Gracias por leer

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